“The fear of anarchy, danger, and the subsequent return to the state of nature that would be possible were fear not permanently be located in the common power in which all are in awe” (Campbell, 2002).
Según Hobbes el hombre es esencialmente un ser social, por esta razón debe responder a las llamadas “leyes de naturaleza” para poder sobrevivir en un mundo anárquico y peligroso para el individuo desprovisto de la protección del grupo. La idea de estado de naturaleza es un estado donde, por no existir un poder al que las personas se deban atener, no hay normas de conducta por lo que todo se vale. En este mundo cada hombre debe valerse por sí mismo y no puede arriesgar confiar en otro pues no existe norma alguna que amarre al prójimo a su palabra. Por naturaleza el hombre no puede sobrevivir en este estado, el hombre es débil, desprovisto de la protección de la infraestructura social, el hombre por lo general no tiene las facultades necesarias para imponerse por sí solo al mundo peligroso que nos rodea. Los instintos y las facultades físicas que han hecho a tantos animales exitosos en el ámbito de la sobrevivencia del más fuerte no se presentan en el ser humano. ¿Cuál ha sido la clave del éxito del hombre como especie? La respuesta es la formación de sociedades, bien dijo Aristóteles que el hombre es un animal social. Sólo hace falta echar un vistazo a la historia del hombre, e incluso a nuestra propia vida, que el hombre no puede vivir solo. Me atrevería incluso a afirmar que el mayor miedo del ser humano es de encontrarse solo ante este mundo. Es tan natural para el hombre agruparse con sus semejantes como lo es para las hormigas formar parte de un hormiguero, o como es para los lobos cazar en jauría.
Desde este punto de vista las leyes naturales son las normas que permiten que protejamos nuestra vida y podamos cumplir nuestro principal cometido como seres vivientes: vivir. Para esto es necesario que cedamos nuestra libertad “animal” y que nos atengamos a las reglas de convivencia que exige una sociedad. Tales reglas se definen en detalle según cada sociedad, mas existen algunas normas esenciales sin las cuales pertenecer a una sociedad carecería de sentido alguno. La primera de estas reglas es usar nuestro propio poder para conservar nuestra vida, si la sociedad nos lleva al punto donde la conservación de sus súbditos se pone en peligro la sociedad misma corre el peligro de disolverse y de regresar al estado de guerra, “todos contra todos”. La segunda ley es que debemos renunciar a nuestra libertad absoluta pues esta inevitablemente nos llevará a conflicto con la sociedad puesto que no todos pueden tener lo que deseen. Debemos recordar que vivimos en un mundo de escasez donde no hay suficientes recursos para que todos satisfagamos todos nuestros deseos, y cuando los deseos de un individuo son tales que lo ponen en conflicto con la sociedad este individuo debe ser sacrificado para preservar la paz general. Difícilmente estas leyes son observadas y cumplidas simplemente por consenso general, y habrá situaciones futuras que pondrán en duda de una u otra manera las especificidades de las normas de convivencia por tal razón es necesario el Estado. Este último es un ente acumulador de poder, ya sea por consenso o por coerción (que de igual manera requiere cierto grado de consenso) que vela por el mantenimiento de la paz y el cumplimiento de las normas de convivencia.
Según Hobbes el Estado es como un hombre artificial (jurídico) que engloba la voluntad y el poder que emana de las sociedades de individuos (entes con menor grado de poder). Estos hombres se constituyen mediante pactos que unen a la sociedad dentro de un territorio con un poder soberano. Si no existe tal poder soberano regresamos a la situación de guerra donde el hombre debe luchar continuamente contra sus semejantes, sin moral alguna, para vivir. “Los pactos que no descansan en la espada no son más que palabras, sin fuerza para proteger al hombre en modo alguno” (Levitán de Hobbes). Es muy interesante notar que cuando un Estado no tiene el poder (o voluntad) de hacer valer su autoridad y de hacer efectivos los pactos que lo sostienen como cadenas, los hombres comienzan a transgredir estos pactos aún si corren el riesgo de recaer en el Estado de guerra todos contra todos. Al mismo tiempo es interesante ver como cuando tal poder se corroe surgen otros polos de poder, paralelos al Estado que crean su propia ley e incluso desafían al Estado por su imposibilidad de hacer valer su autoridad. Así mismo como los hombres alguna vez se vieron inmersos en un mundo de anarquía donde predomina la ley del más fuerte, también así los Estados (hombres artificiales) existen en un mundo de anarquía formado de otros Estados donde cada uno debe competir y sobreviven sólo los más fuertes. Sin embargo no es una contradicción pues los Estados son entes no tan frágiles como lo son los hombres posibilitando así un ambiente de relativa paz (relativa al estado de guerra constante). Debo notar que incluso los Estados con poder soberano crean relaciones internacionales para evitar la anarquía que reina en un mundo sin organización, sin norma.
En conclusión quisiera resaltar la dinámica que crea el Estado en su afán de proteger al individuo mediante la creación de un polo de poder soberano. De la dinámica de la que hablo es de la supuesta ley del poder que tiende a acumularse y crear ambición por más y más poder. De aquí que el Estado, especialmente en las sociedades de masa donde nada se comprueba personalmente sino dependemos de medios con intereses propios, crea peligros supuestos que refuerzan eternamente nuestro miedo y nuestra necesidad de atribuir poder al Estado. Somos bombardeados constantemente por supuestas amenazas y nuestro miedo a la muerte es estimulado constantemente en parte con el fin de extender la cobija del Estado que nos “protege”.
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